Son aquellos momentos de gloria por los que la vida vale la pena.

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La vida vale la pena, sin importar lo que digas ni como lo digas. La vida vale la pena en cada segundo de nuestra existencia.

La tristeza, la ira, el terror, todo forma parte de ese lugar que pocas personas disfrutan visitando, pero eso no debería jamás crear en nuestra mente la idea de que la vida no vale la pena, porque lo que importa son esos momentos en que puedes mirar al vacío, tener los ojos abiertos sin mirar nada, pero tener la capacidad, así sea por un instante, de observar el mundo entero desde la comodidad de tu cuerpo, no es necesario salir de tus fronteras para visitar mundos lejanos. La facilidad de tu mente de sumergirse en fantasías no debe ser jamás subestimada, y aún así vivimos bajo un techo que no nos deja ver la luz del sol.

La vida vale la pena no por la risa, ni por la tristeza, no vale la pena por el tiempo perdido o el que invertimos correctamente, la vida realmente vale la pena cuando no tenemos miedo de la muerte, porque existen esos momentos que todo es perfecto y sabes que tu vida, a pesar de no ser perfecta, a pesar de tantos fallos, continua valiendo la pena. Vale la pena por el simple hecho de vivirla, porque no puedes calificar lo valioso de la existencia con simples palabras, no puedes darle más valor a la felicidad que a la tristeza, pues las lágrimas en tus ojos muchas veces aclaran la vista y son capaces de mostrarte lo hermoso que se ve el mundo cuando limpias un poco la ventana de tu alma.

Y puede no ser mi mayor temor, pero no puedo imaginarme una vida en la que no conozca el significado de epifanía, en la que jamás me vea sorprendido por el día a día, sólo porque en ese instante particular decidí dejarme sorprender por lo que en otros momentos es sólo lo común, en la que no sepa por lo que luchar, seguir adelante sin importar nada y en la que nunca tenga esos momentos especiales, que me hagan recordar porque vale la pena abrir los ojos cada día, porque si logras controlar tus sueños corres el riesgo de jamás querer despertar, y quien soy yo, para decir que tus sueños son menos reales que el mundo entero.

Porque vivimos en una ruleta rusa, y en cualquier momento la parada más inesperada puede resultar ser la que más disfrutemos.

Y quien sabe, esa parada tal vez incluye pizza.


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