Blanco tiñiendose de rojo: la espera de una respuesta alentadora.


Despertó con una llamada en su teléfono, específicamente con el tono de urgencia que le había puesto a ciertos números, números indefensos emisarios de un mal presagio, un tono que odiaba escuchar, porque siempre significaba malas noticias, noches sin dormir, y sobre todo, significaba sangre en sus manos, sobre sus guantes blancos.

Lo importante de esta sangre no era de quien provenía, que tipo de sangre era, tampoco la cantidad de esta que terminaba en sus guantes, más que sus manos, mientras no fuese demasiada, todo estaba bajo control, no, lo realmente importante es si esta sangre en sus guantes blancos seguiría fluyendo por el cuerpo de quien provenía, en las próximas 24 horas.

Así que despertó, con el típico pensamiento “Mierda y ahora que sucedió”. Contestó el teléfono, y como siempre, su típica frase de respuesta, tan obvia y aún tan necesaria: “Llego lo más pronto posible”, mira a su lado y descubre a su esposa observando en el silencio de la noche, tan acostumbrada ya a estas llamadas inesperadas.

Una vez preparado para partir, ella lo encomienda a su Dios, que por supuesto no habita en el corazón de quien era encomendado, mientras el creía en el poder de sus manos para reparar una de las maquinas más asombrosas en el mundo, ella atribuía muchos de sus éxitos a un Dios que poco tenía que ver, desde su punto de vista todo era gracias a años de experiencia y por supuesto: genes; desde el punto de vista de ella, su Dios le había dado aquellos dedos “Mágicos” con un propósito. Sea cual fuese la realidad, ambos sabían que esto no era juego de niños. Con Dios o sin el, cuando aquel tono sonaba, el abrigo debía cubrir los hombros y las llaves encender un motor.

En un abrir y cerrar de ojos, que en realidad rondo la hora, sus manos se encontraban en un baile entre ellas, mientras un par de guantes blancos, tan similares a los cientos que había usado pero sin embargo tan especiales, símbolos de su trabajo y vocación, símbolos de todo lo que era su vida y el mismo, símbolo de esperanza para aquellos que fuera de esa sala estéril, esperaban familiares por horas, mientras la posibilidad de una respuesta alentadora pendía de un hilo. Un hilo invisible que con el mínimo descuido podía ser roto, algunos hilos parecían desear mantenerse intactos, por más intentaran cortarlos, unos lo llamarían suerte y otros terquedad, mientras que otros se veían destruidos por el mínimo contacto con una partícula en otros casos inofensiva, lo que un día protege al siguiente puede representar el final.

Esta noche, era una de esas noches, en las cuales se topaba con el hilo fino de la vida, en este caso tan delgado y ligero que sólo mirarlo representaba una amenaza mortal. Esta noche, ni el Dios de su esposa, ni los años de practica, lograron mantener unido un hilo tan elegante, tan refinado pero tan estrecho. Y con sus guantes, ahora más rojos que blancos, se dispuso a retirar su cuerpo del lugar desde el que lo llamarían horas antes, decidido a llevarlo a un lugar silencioso y tranquilo, mientras que retiraba su mente a un espacio oscuro que en pocas ocasiones debía y quería visitar, y su espirito, oh, su espíritu sólo quedaba en silencio, porque no había nada que decir, no existen palabras de aliento cuando fallas en lo único que eres realmente bueno.

Con la llegada del amanecer, llego también el mismo sonido urgente, gritando a los cuatro vientos por atención, mientras el que debía contestar abría sus ojos, que en ningún momento sucumbieron al sueño, recobraba la compostura, llamaba a la puerta de su alma, y encendía la luz del rincón oscuro en su mente.

Una nueva llamada, un nuevo día, sus guantes blancos se verían de nuevo manchados en sangre. Y yá no importaba la sangre derramada una noche atrás, que no volvería a dar rubor en unas mejillas, o vida en unos ojos. Importaba que dentro de 24 horas, la sangre de este nuevo día lo hiciera en el dueño del hilo que una vez más, debía mantener unido.Image


 

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